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Por qué la hoz y el martillo deberían ser tratados igual que la esvástica

 Este artículo es una traducción de “Why the Hammer and Sickle Should Be Treated Like the Swastika” escrito por Richard Mason y que puedes encontrar aquí

Si alguien te pidiera que pensaras en cualquiera de los extremos del espectro político, lo más probable es que te imagines inmediatamente una esvástica en un extremo y una hoz y un martillo en el otro. Independientemente de tus puntos de vista acerca del paradigma izquierda-derecha o de si suscribes o no la teoría de la herradura, nosotros (con razón) tendemos a percibir el fascismo y el comunismo como las ideologías estándar de los extremos.

Por lo tanto, muchos de nosotros también nos sentiríamos bastante incómodos al ver esos dos símbolos. Al ver una esvástica, recordamos de inmediato los males del régimen nazi y, en consecuencia, nos repugna. Mostrar públicamente el logotipo implica incluso un delito en muchos países europeos. Entendemos cuán aborrecible es la ideología y la tratamos en consecuencia, con falta de respeto y disgusto.

Pero, ¿cómo reaccionamos ante la hoz y el martillo? No tengo que escribir un artículo que explique las millones de muertes que ocurrieron a manos de los regímenes comunistas; al igual que el Holocausto, los gulags de la Unión Soviética y los campos de exterminio de Camboya son ampliamente conocidos.

Sin embargo, los periodistas en el Reino Unido defienden abierta y orgullosamente el comunismo. Se erigen estatuas de Karl Marx. Incluso en los Estados Unidos, históricamente uno de los estados más fervientemente anticomunista de la historia, hay una estatua de Vladimir Lenin en la ciudad noroccidental de Seattle.

Entonces, ¿por qué tratamos dos ideologías igualmente sangrientas de formas tan crudamente diferentes?

"¡Nunca se ha intentado el verdadero comunismo!"

La respuesta puede estar en percepciones erróneas de la virtud. Los nazis, con razón, son vistos como odiosos y atroces porque su ideología se basa en la idea de que un grupo es superior al otro. Es una ideología intrínsecamente anti-igualitaria, una creencia violenta que fue puesta en práctica una sola vez por quienes la idearon.

Por lo que no hay forma justificable de que un fascista pueda argumentar "Eso no fue el verdadero nazismo". Pero no ocurre lo mismo con el comunismo.

Al contrario, vemos este argumento todo el tiempo. Los de la extrema izquierda tienen todo un paraguas de estilos comunistas, desde el estalinismo al anarquismo, el maoísmo al trotskismo, o incluso simplemente el marxismo clásico. Dado que Karl Marx nunca implementó el comunismo él mismo, los líderes de los estados comunistas siempre tienen ese “comodín para salir de la cárcel”. Cualquier deficiencia, tragedia o crisis que enfrente un régimen comunista siempre puede atribuirse a una mala aplicación de la infalible hoja de ruta de Marx hacia la utopía.

Convenientemente, los comunistas siempre pueden desprenderse de los horrores del pasado. Pueden presentarse a sí mismos como pioneros de una ideología que simplemente no ha tenido la oportunidad de florecer ("¡Nunca se ha intentado el verdadero comunismo!").

De esta forma, los defensores del comunismo pueden seguir retratándose como protagonistas. Solo están luchando por la liberación de la clase trabajadora y la creación de un paraíso obrero que nada tiene que ver con los falsos profetas de antes. En el peor de los casos, se considera que los defensores del comunismo están equivocados, pero tienen buenas intenciones.

¿Dónde trazamos la línea?

Este es el meollo del problema. Si bien el nazismo está intrínsecamente vinculado a los crímenes de sus seguidores, el comunismo siempre puede separarse. Nadie toleraría una camiseta adornada con Adolf Hitler o Benito Mussolini, pero el salvaje opresor Che Guevara se desprende fácilmente y se transforma en un símbolo de revolución.

¿Pero dónde dibujamos la línea? En su forma más pura, la ideología comunista podría separarse de sus implementaciones, pero ¿hasta qué punto su terrible historial desacredita cualquier intento de defenderla?

Como dijo una vez el economista Murray Rothbard: “No es un crimen ignorar la economía [...] Pero es totalmente irresponsable tener una opinión fuerte y vociferante sobre temas económicos mientras se permanece en ese estado de ignorancia”.

Necesitamos decir lo mismo sobre el comunismo. Seguir defendiendo el comunismo a pesar de su lamentable historial no es ni bienintencionado ni equivocado; es un intento deliberado de impulsar una ideología demostrablemente peligrosa. La historia del comunismo está tan manchada de sangre como la del nazismo; mucho más, en realidad. Es hora de que lo tratemos como tal.

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