Este artículo es una traducción de "Attraction Inequality and the Dating Economy" escrito por Bradford Tuckfield y que puedes encontrar aquí
Jesús dijo que los pobres estarían siempre con nosotros. A pesar de los esfuerzos de los filántropos y redistribuidores de los últimos dos milenios, hasta ahora ha tenido razón. En todas las naciones del mundo hay pobres y ricos, separados por el nacimiento, la suerte y la elección. La desigualdad entre ricos y pobres, y sus causas y remedios, se discuten hasta la saciedad en los debates sobre políticas públicas, plataformas de campaña y los reproches en redes sociales.
Sin embargo, el enfoque
implacable sobre la desigualdad entre los políticos suele ser bastante
limitado: tienden a considerar la desigualdad sólo en términos monetarios, y a
tratar la "desigualdad" básicamente como sinónimo de "desigualdad
de ingresos". Hay muchos otros tipos de desigualdad a los que se les
dedica menos o nada de tiempo: la desigualdad de talento, de altura, de número
de amigos, de longevidad, de paz interior, de salud, de encanto, de inteligencia
y de fortaleza. Y, por último, hay un tipo de desigualdad en la que todo el
mundo piensa de vez en cuando y que obsesiona a los jóvenes solteros casi
constantemente: la desigualdad de atractivo sexual.
El economista Robin
Hanson ha escrito algunos artículos fascinantes en los que utiliza la fría e
inhumana lógica por la que son famosos los economistas para comparar la
desigualdad de ingresos con la desigualdad de acceso al sexo. Si seguimos
algunos pasos de su razonamiento, podemos imaginar el mundo de las citas como
algo parecido a una economía, en la que las personas poseen diferentes
cantidades de atractivo (el dólar de la economía del amor) y los que tienen más
atractivo pueden acceder a más y mejores experiencias románticas (los bienes de
consumo de la economía del amor). Si pensamos en las citas de esta forma,
podemos utilizar las herramientas analíticas de la economía para razonar sobre
el romance de la misma manera que razonamos acerca de las economías.
Una de las herramientas
útiles que utilizan los economistas para estudiar la desigualdad es el
coeficiente de Gini. Se trata simplemente de un número entre cero y uno que
pretende representar el grado de desigualdad de ingresos en una nación o grupo
determinado. Un grupo igualitario en el que cada individuo tiene los mismos
ingresos tendría un coeficiente de Gini de cero, mientras que un grupo desigual
en el que un individuo tuviera todos los ingresos y el resto ninguno tendría un
coeficiente de Gini cercano a uno. Cuando Jeff Bezos o Warren Buffett entran en
una habitación, el coeficiente de Gini de la misma se dispara.
Algunos admiradores de la
recopilación de datos de emprendimiento han asumido el reto de estimar los
coeficientes de Gini para la "economía" del amor. Entre los
heterosexuales, esto significa calcular dos coeficientes de Gini: uno para los
hombres y otro para las mujeres. Esto se debe a que los hombres heterosexuales
y las mujeres heterosexuales ocupan esencialmente dos "economías" o
"mundos" distintos, en los que los hombres sólo compiten entre sí por
las mujeres y las mujeres sólo compiten entre sí por los hombres. El
coeficiente de Gini de los hombres viene determinado colectivamente por las
preferencias colectivas de las mujeres, y viceversa. Si todas las mujeres encuentran
a todos los hombres igual de atractivos, la economía del amor masculino tendrá
un coeficiente de Gini de cero. Si todos los hombres encuentran atractiva a la
misma mujer y consideran poco atractivas a todas las demás, la economía del amor
femenino tendrá un coeficiente de Gini cercano a uno. Los dos coeficientes no
se influyen directamente entre sí, y cada sexo establece colectivamente el
coeficiente de Gini -es decir, el nivel de desigualdad- para el otro sexo.
Un científico de datos
que representa a la popular aplicación de citas Hinge1 informó sobre los
coeficientes de Gini que había encontrado en los abundantes datos de su
empresa, tratando los "me gusta" como el equivalente a los ingresos.
Informó de que las mujeres heterosexuales se enfrentaban a un coeficiente de
Gini de 0,324, mientras que los hombres heterosexuales se enfrentaban a un
coeficiente de Gini mucho mayor, de 0,542. De esa forma, ninguno de los dos
sexos tiene una igualdad completa: en ambos casos, hay algunas personas
"ricas" con acceso a más experiencias románticas y algunas
"pobres" que tienen acceso a pocas o ninguna. Pero mientras que la
situación de las mujeres es algo así como una economía con algunos pobres,
algunos de clase media y algunos millonarios, la situación de los hombres se
acerca más a un mundo con un pequeño número de supermillonarios rodeados de
enormes masas que no poseen casi nada. Según el analista de Hinge:
En
una lista de los índices de Gini de 149 países proporcionada por el CIA World
Factbook, esto situaría a la economía femenina del amor como la 75ª más
desigual (la media, similar a Europa Occidental) y a la economía masculina de
las citas como la 8ª más desigual (cleptocracia, apartheid, guerra civil
perpetua, piensa en Sudáfrica).
Quartz
informó sobre este hallazgo, y también citó otro artículo sobre un experimento
con Tinder que afirmaba que "el 80% de los hombres inferiores (en términos
de atractivo) están compitiendo por el 22% de las mujeres inferiores y el 78%
de las mujeres están compitiendo por el 20% de los hombres superiores."
Estos estudios examinaron los "me gusta" y los "swipes" en
Hinge y Tinder, respectivamente, que son necesarios para que haya algún contacto
(mediante mensajes) entre posibles parejas.
Otro estudio, publicado en Business Insider, descubrió un patrón en los mensajes de las aplicaciones de citas que coincide con estas conclusiones. Otro estudio, llevado a cabo por OkCupid2 sobre sus enormes conjuntos de datos, descubrió que las mujeres califican al 80 por ciento de los hombres como "menos atractivos que la media", y que este bloque del 80 por ciento "por debajo de la media" sólo recibe respuestas a los mensajes en un 30 por ciento de las ocasiones o menos. Por el contrario, los hombres califican a las mujeres de "menos atractivas que la media" sólo un 50 por ciento de las veces, y este bloque del 50 por ciento "por debajo de la media" recibió respuestas a los mensajes un 40 por ciento de las veces o más.
Si creemos estos
resultados, la gran mayoría de las mujeres sólo están dispuestas a comunicarse
románticamente con una pequeña minoría de hombres, mientras que la mayoría de
los hombres están dispuestos a comunicarse románticamente con la mayoría de las
mujeres. El grado de desigualdad en los "me gusta" y en los “matches"
(emparejamientos) mide de forma creíble el grado de desigualdad en el
atractivo, y necesariamente implica al menos ese grado de desigualdad en las
experiencias románticas. Parece difícil evitar una conclusión básica: que la
mayoría de las mujeres consideran que la mayoría de los hombres no son
atractivos y que no vale la pena comprometerse con ellos románticamente,
mientras que lo contrario no ocurre. Dicho de otro modo, parece que los hombres
crean colectivamente una "economía del amor" para las mujeres con una
desigualdad relativamente baja, mientras que las mujeres crean colectivamente
una "economía del amor" para los hombres con una desigualdad muy
alta.
Hoy en día, los analistas
sociales están muy interesados en las "brechas de género",
especialmente en la supuesta diferencia salarial entre hombres y mujeres que
realizan el mismo trabajo. Hay otras brechas notables, como la "brecha de
la libido", bien documentada en la literatura científica (los hombres
desean de media el sexo con mucha más frecuencia e intensidad que las mujeres)
y también una "brecha de edad" en la que los adultos más jóvenes se
describen de media como más atractivos, con una desventaja de edad
especialmente grande para las mujeres mayores. La brecha del coeficiente de
Gini indicada en estos estudios es algo así como una "brecha de
desigualdad sexual" o una "brecha de distribución del
atractivo", menos obvia pero potencialmente más significativa desde el
punto de vista social que otras brechas de género más conocidas.
No hay villanos en esta
historia. No se puede ni se debe culpar a nadie por sus honestas preferencias,
y si las mujeres creen colectivamente que la mayoría de los hombres son poco
atractivos, ¿qué argumentos tiene alguien, hombre o mujer, para discutir con
ellas? Podemos compadecer a la gran mayoría de los hombres considerados poco
atractivos y que tienen pocas o ninguna experiencia romántica, mientras que un
pequeño porcentaje de hombres atractivos tiene muchas. Igualmente, hay que
tener en cuenta que vivimos en una cultura monógama, por lo que el 20 por
ciento de los hombres considerados atractivos sólo pueden mantener relaciones
comprometidas con un máximo del 20 por ciento de las mujeres. También podemos
compadecer al resto de las mujeres, que están destinadas a tener relaciones
comprometidas, si es que buscan una relación, con alguien que consideran poco
atractivo. El único villano de esta historia es la naturaleza, que ha moldeado
nuestras preferencias para que se produzca este trágico desajuste de atracción
y disponibilidad.
Para los que estudian la
naturaleza, las diversas brechas de género en la vida romántica no serán una
sorpresa. Los biólogos evolutivos han visto este tipo de patrones muchas veces
anteriormente y pueden explicar cada uno de ellos. El atractivo relativo
percibido de las mujeres jóvenes frente a las mayores puede explicarse por la
mayor fertilidad de las mujeres adultas más jóvenes. La diferencia de libido
puede explicarse por las diferentes estrategias de apareamiento que persiguen
instintivamente los distintos sexos.
En cuanto a los
diferentes coeficientes de Gini que se registran sistemáticamente para hombres
y mujeres, no son coherentes con una estructura social monógama en la que la
mayoría de las personas pueden emparejarse con alguien de atractivo percibido
comparable. Sin embargo, esto no es sorprendente: la monogamia es rara en la naturaleza.
La preferencia revelada entre la mayoría de las mujeres de intentar
comprometerse románticamente sólo con el mismo pequeño porcentaje de hombres
que son percibidos como atractivos es consistente con el sistema social llamado
"poliginia", en el que un pequeño porcentaje de hombres monopoliza
las oportunidades de apareamiento con todas las mujeres, mientras que muchos
otros hombres no tienen acceso a las parejas. Una vez más, esto no será una
sorpresa para los científicos. El biólogo evolutivo David P. Barash escribió un
artículo en Psychology Today titulado "La gente es
poligínica", en el que citaba amplias pruebas biológicas e históricas de
que, a lo largo de la mayor parte de la historia, nuestra especie ha practicado
la "poliginia de harén", una forma de poligamia.
Hay muchos animales de
todo tipo que practican la poligamia de una forma u otra, incluidos muchos de
nuestros parientes primates como los gorilas y los lémures. Para los animales,
las estructuras sociales no son objeto de reflexión ni de intentos sistemáticos
de reforma: simplemente hacen lo que les dictan sus instintos y su educación.
Pero el destino de los humanos es luchar constantemente contra la naturaleza.
Encendemos fuegos para calentarnos, construimos aires acondicionados para refrescarnos,
inventamos el jabón y la fontanería y los antibióticos y los trenes y las
radios en un esfuerzo por conquistar las limitaciones de la naturaleza. Pero
cuando encendemos nuestros teléfonos inteligentes construidos con transistores
ingeniosamente desarrollados que demuestran que podemos superar la entropía de
la naturaleza, nos conectamos a las aplicaciones de citas y entramos en un
mundo que está construido sobre las sombras de las estructuras sociales de
nuestros primitivos ancestros de la sabana. La tecnología no nos ha permitido
escapar de las brutales desigualdades sociales dictadas por nuestra naturaleza
animal.
Esto no quiere decir que
no lo hayamos intentado. La institución de la monogamia es en sí misma una
política de tipo "redistributivo": al igual que la limitación de los
ingresos de los multimillonarios, limita el total de parejas románticas
permitidas a los más atractivos, de modo que las personas poco atractivas
tienen muchas más posibilidades de encontrar pareja. Los matrimonios que leemos
en los relatos históricos que se basan en la prudencia y el arreglo familiar
tienen más sentido cuando nos damos cuenta de que basar el matrimonio en la
atracción mutua lleva a muchos -tanto hombres como mujeres- a estar
insatisfechos con el resultado, ya que la mayoría de las mujeres encuentran a
la mayoría de los hombres poco atractivos. Todas las grandes tradiciones
religiosas del mundo han ensalzado la castidad como una gran virtud y han
enseñado que hay objetivos más elevados que la satisfacción sexual; estas
enseñanzas añaden sentido a las vidas, por lo demás "pobres", de la
mayoría de las personas a las que se considera perpetuamente poco atractivas.
Incluso en cuentos de
hadas centenarios como El Príncipe Rana y La Bella y la Bestia, vemos el
intento de nuestra cultura de aceptar el paradigma de una mujer considerada
atractiva emparejándose con un hombre que ella considera poco atractivo. Los
diferentes coeficientes de Gini a los que se enfrentan los hombres y las
mujeres garantizan que esta será una pareja romántica común -o incluso la más
común- en una cultura monógama. En estos cuentos de hadas (dependiendo de la
versión que se lea), la mujer hermosa primero acepta o incluso ama al hombre
horrible. El amor sincero de la mujer transforma al hombre poco atractivo en
algo mejor: más guapo, más rico y más real. Alegóricamente, estas historias
intentan mostrar a hombres y mujeres una forma de relacionarse de tú a tú
aunque la mayoría de las mujeres consideren a la mayoría de los hombres poco atractivos;
intentan mostrar que el amor sinceramente ofrecido, y el amor basado en algo
más que la atracción sexual, puede transmutar la fealdad en belleza y hacer que
incluso una relación con niveles de atractivo no coincidentes tenga éxito.
A medida que la
civilización occidental decae o, al menos, se resquebraja, las formas que
nuestra cultura ha desarrollado para hacer frente a la brecha en la
distribución del atractivo están retrocediendo y muriendo. Los jóvenes se
incorporan cada vez más tarde a la institución de la monogamia, que induce a la
igualdad, y pasan más tiempo en un mundo de citas poligínico y caóticamente
desigual. La propia monogamia se debilita, ya que el divorcio se hace más fácil
e incluso las personas casadas dicen encontrarse con "dormitorios
muertos" en los que uno o ambos cónyuges no se sienten obligados a dar
acceso a experiencias sexuales a una pareja que no consideran suficientemente
atractiva. La creencia religiosa está en constante declive, y con ella declina
la creencia en la dignidad del celibato o la importancia de cualquier cosa que
no sea el hedonismo (sexual o de otro tipo). Incluso los cuentos de hadas que
durante siglos nos ayudaron a entender cómo vivir caritativamente con los demás
son repudiados y los creadores de gustos culturales como la revista Time y la
BBC los denigran como sexistas.
El resultado de estos
cambios culturales es que las estructuras sociales altamente desiguales del
homo sapiens de la sabana prehistórica se están reafirmando, y con ellas
vuelven las insatisfacciones de la mayoría "sexualmente
desfavorecida". Resulta irónico que los progresistas que aplauden el
declive de la religión y el debilitamiento de instituciones
"anticuadas" como la monogamia actúen en realidad como los últimos
reaccionarios, devolviéndonos a las estructuras sociales animales más antiguas
y desiguales que jamás hayan existido. En este caso son los conservadores los
que jalean el ideal progresista de "redistribución de la renta
sexual" a través de un invento novedoso: la monogamia.
Como siempre, el camino a
seguir será difícil. Puede que sea imposible revivir las religiones, los
comportamientos, las instituciones y las normas que han regido recientemente el
mundo del amor y del sexo, pero que están en retroceso en todo el mundo. El
futuro de la civilización occidental puede necesitar nuevas y valientes
instituciones y nuevas formas de que hombres y mujeres se relacionen
fructíferamente entre sí. Cualesquiera que sean las normas que rijan el futuro
de las citas y el sexo, deberán encontrar una manera de hacer frente a los
instintos poligínicos que nuestra especie ha poseído históricamente y que se
manifiestan en la actualidad en las estadísticas de nuestras aplicaciones de
citas, o bien estar dispuestos a aceptar el riesgo de conflicto sexual y de
guerra que han acompañado históricamente a la gran desigualdad. Las tecnologías
y las instituciones, e incluso las religiones, van y vienen, pero la evidencia
indica que la desigualdad sexual está aquí para quedarse y que solo la
ignoraremos por nuestra cuenta y riesgo.
Notas del traductor
1- “Hinge”
no está aún disponible en España, nació como una app anti-tinder que ha
comprado, curiosamente, Tinder. Es una aplicación hecha para buscar relaciones
estables y que pretende centrarse en algo más que en las fotos.
2- “OkCupid”
está todavía creciendo en España. Lo más especial de esta página es su algoritmo,
ya que al registrarte te realiza una serie de preguntas para así proporcionarte
parejas que sean compatibles contigo. El gran número de datos que acumulan de
sus usuarios es lo que permite que hayan hechos estudios diversos, desde cómo
influyen los idiomas en el amor hasta las ideologías políticas en la pareja.
Muy interesante Aurora. Tu razonamiento es muy similar al de mi novelista favorito, Michel Houellebecq y su "Plataforma" que no sé si has leído pero te recomiendo vivamente.
ResponderEliminarUn saludo.
El de Bradford Tuckfield más bien...
EliminarAurora, te paso un archivo con 16GB en Google Drive con libros, documentales, memes, webs... Todos sobre el marco teórico Red Pill de psicología evolucionista y la manosfera
ResponderEliminarUn poco de todo, recolectado y organizado en carpetas a lo largo de los últimos dos años y medio de trabajo autista:
http://goo.gl/dWcCJ6
Espero que te sea útil en tus investigaciones. Ponte en contacto si tienes preguntas